El trabajo en responsabilización desde el Psicoanálisis

Uno de los temas más difíciles de intervenir con los adolescentes sancionados, es el de la responsabilización. A continuación, algunas ideas desde el Psicoanálisis.

¿Puede uno asumir algo que desconoce? Mantengamos esta pregunta en mente mientras se intenta aportar en algo a su comprensión.

La posibilidad de hacer emerger un sentido amplio de responsabilidad en el sujeto, por sus actos cometidos y enjuiciados en lo social, tiene sólo una condición inicial posible desde el Psicoanálisis: que se haga una diferencia tajante entre verdad jurídica y verdad subjetiva.

La verdad jurídica es aquella que compete sólo a los profesionales de las ciencias jurídicas y es la que ha quedado establecida en el juicio. Por ejemplo: “el adolescente cometió un robo con intimidación con el fin de apropiarse de las pertenencias de su víctima”.

Esa verdad jurídica se consolida con el establecimiento de supuestas causas a dicha acción, las que son delineadas por el mismo delegado, como parte importante de su diagnóstico (el que conduce a un plan de intervención). La ausencia de factores protectores y la presencia de factores de riesgo, explicarían el por qué de la acción delictual del sujeto: “El adolescente delinquió en su intención de sustentar su consumo abusivo de drogas”, “el joven ha recibido la influencia de pares incorporados a modalidades ilícitas de obtención de bienes”, etc.

Es posible que el joven mismo respalde aquello y restrinja su comprensión  de la situación a la verdad jurídica. Él mismo explicará su actuar en base a su necesidad de obtener bienes de forma ilícita y, de paso, cierto status social entre sus pares. Lo lamentable es cuando el mismo delegado termina limitando su comprensión del acto delictual, “jibarizando” sus capacidades, reduciendo su entendimiento a dichas versiones jurídicas de lo ocurrido, versiones que permiten la realización del proceso judicial pero no necesariamente sustentan un proceso de intervención más profundo.

Que el joven consuma drogas, su familia tenga una precaria situación económica o que haya recibido una negativa influencia de sus pares no son explicaciones de la infracción cometida, sino su contexto. Confundir “causas” por “contexto” es lo primero a evitar. Esta confusión se devela lógicamente, asumiendo que existen jóvenes que consumen droga, pero no delinquen; jóvenes pertenecientes a sectores sociales empobrecidos y conflictivos, pero que no delinquen. La existencia de un solo sujeto que consuma drogas y no delinca, es evidencia de que el consumo de drogas no puede ser “la causa” de la infracción. Un solo sujeto que haya desertado del sistema escolar y que no cometa delitos, es la comprobación de que la deserción escolar no puede ser “la causa” del delito. Ni cada uno por sí sólo, ni la totalidad de los factores de riesgo explicarán por qué ese sujeto ha cometido esa infracción, por qué de ésa forma y por qué en ese momento. El factor no ha causado el delito.

Entonces, ¿dónde se encuentra la explicación sobre las causas de que ese joven en particular haya cometido ese delito? La respuesta no se encuentra en el diagnóstico, como tampoco la puede entregar el delegado, sino que la respuesta será proporcionada por el mismo joven. Desde el Psicoanálisis, no es posible formular ningún conocimiento sobre el sujeto antes de que él haya hablado, antes que él o ella haya desplegado su discurso. Es el propio sujeto quien habilita en nosotros un entendimiento posible sobre él. El terreno natural del Psicoanálisis es el caso a caso, nunca una compilación estadística de datos, correlaciones, perfiles y factores.

El discurso legítimamente perteneciente al sujeto, no es posible en la situación de juicio -“en las audiencias”- ya que el discurso ahí desplegado se encuentra marcado por la necesidad del joven de obtener el menor perjuicio judicial posible. Aunque todo lo que el joven afirme en audiencia “sea verdad”, es la verdad que quiere resaltar y hacer surgir el proceso judicial mismo, no la verdad que el adolescente puede organizar en base a coordenadas más subjetivas.

La verdad judicial es sostenida por el mismo joven, ahorrándose -de paso- bastante reflexión y responsabilidad (de todas formas, si la droga tiene la culpa, o los amigos que me han mal influenciado o la pobreza de mi familia ha causado mi delito, ¿Qué responsabilidad me cabe en él?). Exteriorizar la responsabilidad adjudicándosela a factores de riesgo es des-responsabilizar a quien -a partir de ahí- percibirá la sanción como injusta, aunque no lo manifieste explícitamente.

En general, el (o la) adolescente llega a la sanción con la versión jurídica de lo ocurrido: “robé porque quería obtener ese bien que sustraje”, “robé porque necesitaba plata y robando, además, la gente me respeta porque soy choro”. No es tan difícil desenmarañar el autoengaño que implican estas afirmaciones, las que escuchamos todos los días sin cesar y que el delegado tampoco debería recibir como “La verdad subjetiva” respecto a la infracción.

Si el sujeto necesitaba bienes o dinero, bien pudo sustraerlos utilizando una estrategia menos dañina y agresiva. Si dinero es lo que necesita, ¿por qué atacar a alguien con violencia o intimidarlo si pudo cometer un hurto simple, varios hurtos falta u otro ilícito, sin dañar físicamente a nadie? Las estrategias de hurto son bien conocidas, relativamente fáciles de aplicar y jamás acarrean las consecuencias judiciales que efectivamente traen las formas violentas e intimidatorias de robo. Si es por creerse “vivo”, se puede obtener más recursos hurtando que atacando a las personas, sin nunca tener que encarar medidas más graves, como Libertad Asistida o sistemas -más o menos- cerrados. Los jóvenes bien conocen las consecuencias judiciales de cada delito: ¿por qué llegan a seleccionar los más gravosos pese a que las ganancias monetarias no son necesariamente mayores?

El joven podrá replicar mediante un segundo autoengaño: atacando a otros uno pasa por más “choro”, obtiene status y prestigio entre sus pares debido a su osadía y audacia. Lo anterior es igualmente ilusorio, ya que “los vivos” y “los choros” saben bien lo que hacen, están libres, están en sus casas disfrutando de los bienes robados, no improvisan, planifican sus delitos, evaden el castigo efectivamente, reciben protección. Los jóvenes comprenden de inmediato la idea y evitarán fingir supuestos prestigios cuando jamás los han tenido. De más de 100 casos que he atendido directamente, he encontrado sólo a 2 que realmente han tenido ese prestigio que casi todos se adjudican falsamente.

Pero incluso en casos en que el prestigio esté en juego (y para ahorrar discusión de más) se debe reconocer que el prestigio es sólo una variable a considerar dentro de los motivadores de la acción delictual y, por otra parte, dicho prestigio ha quedado bastante puesto en duda a partir de una detención que, en muchos casos, denota bastante ineptitud y torpeza por parte del adolescente, más que sagacidad, agudeza y lucidez de las cuales poder jactarse en la búsqueda de reputación.

En resumen: El discurso jurídico resulta restringido para los fines de nuestro diagnóstico e intervención. Explicar la infracción solamente en base a los factores de riesgo, al deseo de obtener dinero o al supuesto prestigio que delinquir proporcionaría, no son caminos lógicos que nos lleven a una explicación realmente completa y subjetiva del acto delictual cometido.

Buscar esa verdad subjetiva, esa que hace que el joven identifique las causas de su infracción en situaciones de su propia vida, es la única vía a un proceso de responsabilización que respete la particularidad y subjetividad de las cuales el acto delictivo es signo (o si se quiere, síntoma). Si no se rescata y da cabida a esa subjetividad en conflicto, quizás un positivo pronóstico inicial no lo siga siendo con el tiempo, ya que las causas subjetivas de la infracción seguirán estando presentes y desatendidas.

Pero, volvamos a la pregunta inicial: ¿Puede uno asumir algo que desconoce? ¿Cómo podrá el joven asumir un acto, si el acto por el cual debe hacerse responsable, frecuentemente, para él mismo resulta incomprensible? Si se aporta en la comprensión del acto, sus motivaciones conscientes e inconscientes, el acto podrá ser conocido, re-conocido y asumido genuinamente; ya que será procesado de tal forma que devenga un acto subjetivo. El joven se arroga el acto, se lo apropia, ya que el joven mismo estableció las conexiones que lo hacen un episodio fundamental en su vida, acto interconectado con elementos gravitantes de su constitución subjetiva. Así se responsabiliza de él. Por mucha negligencia que haya habido en su entorno, el sujeto no es un objeto de la estructura que lo rodea, no es mero producto y consecuencia directa de conflictivas sociales (las cuales son innegables e injustas) sino que un sujeto como tal, respetado en toda su dignidad, quien debería localizarse en situación activa respecto a sus acciones y su deseo. (Las vulneraciones, las desigualdades y la imprescindible reparación y reinserción de ese joven, se trabajarán desde otros módulos de la labor de intervención)

El sujeto a atender llega con la versión jurídica sobre lo perpetrado. El delegado debiera colaborar en el tránsito del joven desde la verdad judicial a una verdad de orden subjetivo. Sólo así se podrá hacer que ese sujeto se reconozca en el acto realizado.

Quizás no logremos del todo que ese sujeto deje de delinquir. Pero quizás consigamos que, en base a una nueva consciencia sobre sí mismo, utilice estrategias mucho menos destructivas y violentas. Esto, por sí solo, será un logro del delegado, de poder conseguirlo.

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ANEXO

Sintetizar y simplificar aún más lo descrito, hará que lo psicoanalítico en lo expuesto se haga irreconocible. Más que “tips” o “píldoras” técnicas, se desea incentivar la capacidad reflexiva.

Como introducción a una concreción técnica: ¿Cuáles serían algunas preguntas que abren la posibilidad de que el sujeto le de sentido a sus actos? En términos generales, son aquellas preguntas que abren la posibilidad a que el sujeto asocie, que establezca nexos entre un elemento y otro.

Dichos elementos se encuentran en su pasado. Para hacer de ese pasado una historia, se debe, desde el presente, organizarlo. Sólo retroactivamente, retrospectivamente desde el presente hacia el pasado, se puede efectuar esa difícil labor. Al historizar su vida el sujeto puede conocerla, por lo tanto asumirla, hacerla realmente propia. Y asumiendo la vida se asumen, irrevocablemente, los actos que en ella anidan.

El acto delictual, como punto de inflexión vital, siempre puede marcar un antes y un después. Cuando el sujeto asocia, cuando establece relaciones y evalúa ese antes y ese después, aparecen contenidos importantes.

Preguntas tipo:

¿En qué cambiaste después de cometer la infracción? (¿Cómo eras antes y cómo eres después de la primera detención-infracción-sanción?)

¿En qué cambiaron tus padres (o familia, figuras significativas) luego de la infracción? ¿Cómo te empezaron a tratar después de que recibiste la sanción?

Casi inevitablemente el joven describe cambios en ese antes y ese después (sobre todo considerando la primera detención o situación judicial grave). Sean estos cambios personales o familiares, buenos o malos, siempre son interpretables. Si después de la infracción la familia trata mejor al joven, le demuestra más preocupación y cuidado, quizás es eso lo que el adolescente buscaba: el supuesto error por ser detenido entraña un gran acierto, algo se logró, algo buscado no conscientemente.

Por otra parte, si el joven luego de la infracción sólo ha tenido mayores problemas, ha recibido el rechazo familiar y en vez de mayores cuidados ha recibido peores tratos, quizás eso buscó sin ser consciente de ello: Dañar a los padres o castigarse a sí mismo, inconcientemente. ¿Qué otra cosa que un sentimiento de culpa puede hacernos buscar castigo? Por lo tanto el análisis de las culpas personales y familiares se torna fundamental en nuestros casos.

La infracción siempre tendrá que ver con la intención consciente del perpetrador: obtener aquello que robó (no obstante, por algún motivo en sociedades definidas como “desarrolladas” también hay delincuencia) La forma de delinquir, la estrategia utilizada, el momento en que lo hizo, los acontecimientos personales y familiares cercanos al hecho, las características de la víctima atacada, las reacciones familiares respecto al delito, siempre darán cuenta de elementos que pueden ser interpretados, que colaborarán siempre en la comprensión y el cambio.

Por último, lo que siempre será material prolífico para interpretar y establecer relaciones será el hecho indudable de que el joven fue, finalmente, detenido y enjuiciado. La detención casi nunca se debe a una real “mala suerte” o a una “pequeña falla” dentro de una planificación exhaustiva. Muy por el contrario, la detención casi siempre ha sido producto de la impulsividad del acto, de una inexistente planificación.

Lo cometido por el joven casi siempre es resultado de una acción imprudente, error grosero, donde las posibilidades de éxito eran casi nulas desde el principio. Acto precipitado, irreflexivo, insensato, “pasaje al acto”, donde el cálculo de la propia conveniencia consciente se ha dejado completamente de lado (meterse a una casa a plena luz del día y en presencia de vecinos, intimidación a una mujer en la vía pública ante la presencia de transeúntes que salen en su defensa, asalto en un servicentro cercano a una comisaría, robo con intimidación a un ex-compañero del colegio, etc. etc., son casos reales y regulares, al menos en los menores de edad)

Por otra parte, para nosotros, quienes trabajamos en ese sistema, jamás se puede pensar el problema del delito sin considerar que es indisoluble de su falla. Si el delito es “exitoso”, vale decir, si se cometió imperceptiblemente, impunemente, nunca podrá ser verificado como delito ya que ningún tribunal habría conocido sobre él.

El delito como tal, entonces, nunca es un delito exitoso sino deficiente. El acto delictivo se transforma en nuestra preocupación cuando es caso para nosotros, o sea, en tanto falla, en tanto no ha podido escapar del castigo. Cada caso ingresado al sistema penal puede ser comprendido, entonces, desde la óptica del acto fallido.

La noción de acto fallido ha quedado suficientemente clarificada en la “Psicopatología de la Vida Cotidiana” de Freud (1901), donde se evidencia que en supuestos errores se manifiestan deseos inconscientes. Acto psíquico que el sujeto que actúa considera un error, pero que desde ahí podemos suponer que expresa un deseo del cual el sujeto consciente nada sabe.

El acto fallido ha acarreado la detención y el castigo. Si no fuese así, ese adolescente nunca sería atendido por nosotros. En la jerga, “caer” es sinónimo de “ser detenido”. Nótese que es “caer”, no “ser botado” por otro. Ese “caí otra vez” tan común, no culpabiliza a otro por esa caída, sino que la asume como un error propio. En Argentina, la jerga es “regalarse”, con el mismo trasfondo de “caer”: estar implicado en esa detención, encargarse de que ella ocurra. La sabiduría de las jergas, en este caso, resaltan el rol activo del sujeto en el castigo obtenido, el papel de la subjetividad en su salida al encuentro con la condena.

Las condiciones de la detención, de esa “caída”, las circunstancias subjetivas de ese “dejarse”, de ese “desistirse”, implica un auto-abandono, una auto-renuncia, una dimisión que merece ser interrogada e interpelada reflexivamente. No dejemos en manos de la pura casualidad, del error, del simple azar o del accidente, algo que debe ser pensado en base a la organización lógica que encarna para el sujeto.

En el acto fallido, el sujeto del acto ha desmentido funestamente al sujeto de la intención: ha ido por lana y ha salido trasquilado, tal como en el lapsus el sujeto del enunciado resulta desmentido por el sujeto de la enunciación, sujeto que se puede deducir de lo realmente dicho, pese a toda intención consciente: es necesario comprender que el sujeto se encuentra dividido.

En conclusión, desde el Psicoanálisis, se puede afirmar que el sujeto se somete al castigo por las vías de la falla en su delito.

CIERRE: El delito como problemática simbólica

En relación con los fundamentos teóricos de lo argumentado, se puede indicar que el delito se inscribe plenamente en una relación conflictiva entre el sujeto y La Ley. La Ley de lo simbólico, Ley estructural (Ley con mayúscula) no es sinónimo de ley jurídica, ley social (con minúscula). Sin embargo, es La Ley simbólica la que modela toda ley social y puntual que somete a un sujeto a una regulación o norma (leyes jurídicas, religiosas, etc.). La Ley de lo simbólico sostiene toda concepción de ley posible. Pero no se abordará aquí el cómo se da el conflicto entre sujeto y Ley simbólica, ya que implica un análisis que supera ampliamente la exposición en extremo sintética y condensada que se ha realizado en estas líneas (un análisis más completo se puede encontrar en mi tesis de posgrado)

Sólo introduzco, a continuación y para finalizar, un punto de entrada a lo que Lacan plantea sobre lo simbólico: “Los símbolos envuelven -en efecto- la vida del hombre en una red tan total, que reúnen antes de que él venga al mundo, a aquellos que van a engendrarlo ‘por el hueso y por la carne’, que aportan a su nacimiento con los dones de los astros […] el dibujo de su destino; que dan las palabras que lo harán fiel o renegado, la ley de los actos que lo seguirán incluso hasta donde no es todavía y más allá de su misma muerte” (Lacan, Jacques. 1953. “Función y Campo de la Palabra y del Lenguaje en Psicoanálisis”)

Desde el Psicoanálisis nos corresponde centrarnos en el lugar simbólico que viene a ocupar el sujeto al nacer y como se inscriben en su devenir las nociones básicas de la Ley estructural.

En las estructuras elementales del parentesco y la historia del joven, ahondaremos en el nivel simbólico, en el que se define su conflicto con La Ley, se buscarán esos símbolos que lo ubican en la situación de “renegado”; conflictos que van mucho más allá de cualquier ley penal, juicio o castigo jurídico.

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