¿Cómo aumentar nuestra capacidad de trabajo?

Un mundo laboral dedicado a propiciar niveles cada vez más altos de exigencia y autoexigencia, delimita una supuesta necesidad de aprender a rendir mejor en el trabajo. Algunas observaciones al respecto.

“Hablar no cuece el arroz”. Proverbio chino

Son de actualidad las herramientas y estrategias que se proponen aumentar nuestra productividad y capacidad de trabajo. Desde libros de procedimientos hasta aplicaciones “en la nube”, el tema de incrementar la productividad es de preocupación masiva, por lo que la red se encuentra plagada de información al respecto.

Autores: “Get Things Done” (GTD), exitoso libro de David Allen (quien promete máxima productividad personal, sin estrés) describe un método de gestión de las actividades, basado en los principios de “recopilar”, “procesar”, “organizar”, “revisar” y “hacer”. La metodología tiene bastantes seguidores y concita ciertos fanatismos al ser considerada por muchos la solución definitiva al aplazamiento de las tareas (concepto que en ingles usualmente se designa procrastination, vale decir, priorizar la realización de tareas de baja importancia o indiferentes, en lugar de finalizar lo importante. Existe en español el verbo “procrastinar”, casi nunca utilizado) Destaca también Stephen Cohen con su libro “7 Habits of Highly Effective People”, best seller mundial, didáctico e inundado de ejemplos prácticos, ha logrado ganarse un espacio en el velador de muchos.

Herramientas virtuales: Existe infinidad de aplicaciones que colaboran en la organización de las tareas. Todas se orientan a la estructuración del tiempo y el establecimiento de un plazo concreto para efectuar las labores. Desde Google Calendar, Astrid Tasks, Evernote, Remember the Milk, Zendone, Nifty, etc. hasta aplicaciones centradas en la metodología GTD, la red nos ofrece infinidad de herramientas (la mayoría visibles simultáneamente desde el PC, tablet, celular y otros dispositivos)

No me propongo desvirtuar o devaluar la utilidad que las herramientas modernas puede entrañar para algunas personas. Quien quiera, que las utilice, ya que se trata de prácticas y recursos inteligentes y bien intencionados. No obstante, me dispongo a añadir una serie de argumentos deliberadamente críticos:

1.- Es llamativo que exista un mercado plagado de recursos para realizar mejor el trabajo, mientras mucho de ese tiempo invertido en sondear, conocer, ajustarse-a y adoptar nuevas herramientas y estrategias, terminará convirtiéndose en una nueva y sofisticada forma de procrastinación. Por así decirlo, mientras gastamos tiempo en averiguar cómo hacer mejor el trabajo (cómo hacerlo sin distracciones ni retrasos) el trabajo sigue sin hacerse. Paradojas de la vida.

2.- Pese a la infinidad de material disponible, la verdad es que, en mi caso personal, nada ha reemplazado la agenda común y corriente.

3.- Independiente de la estrategia concreta, ningún dispositivo ni técnica reemplazará la recta conciencia de decidir hacer lo que hay que hacer en el momento en que hay que hacerlo: hablar -o leer- no cuece el arroz. O como diría de forma excepcional John Andrew Holms: “El habla está convenientemente situada entre el pensamiento y la acción. Lamentablemente es usual que sustituya a ambos”.

4.- Es curioso cómo las personas evalúan su capacidad productiva en razón de cuánto se benefició otro por ese esfuerzo (un trabajador resulta eficiente en términos de cuántas “utilidades genera para la empresa”) Considero que nuestro trabajo -cualquiera sea- no debe ir en beneficio exclusivo del empleador, sino que de nosotros mismos al desarrollarlo, así como del entorno social y natural que lo circunda, aspecto que se echa mucho de menos. En ese sentido, pareciera que la retribución monetaria  deviene  una de las pocas variables relevantes al momento de postular-a u ofrecer un puesto laboral. ¿Por qué usualmente el trabajo es asociado a frustración, deber sin sentido, explotación y abuso? La respuesta da para largo, pero mucho cambiaría si empleadores y empleados modificáramos los criterios con los que evaluamos la utilidad, efectividad y propósito del trabajo que realizamos.

En síntesis: Al parecer, no necesitamos producir más. Necesitamos una ética del trabajo que responda a nuestras reales vocaciones, donde el trabajo es una forma más de conducir nuestra capacidad creadora, de defender nuestras causas más profundas  y de sumarnos al tejido social de forma colaborativa y recíproca. Una alta productividad es la consecuencia natural de aquello.

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