El ombligo del sueño

El concepto que le da nombre a este espacio virtual: concepto freudiano poco propagado, sin embargo, nos confronta con los límites mismos del pensamiento y la razón.

I.- rėvîşîøn bîbĮîøģráfîcā dėl cøncėptø [1]

Parece pertinente iniciar el ensayo con una breve revisión bibliográfica del concepto ombligo del sueño. Me restrinjo a lo abordado por Freud y Lacan, exclusivamente.

El ombligo del sueño es insinuado en Die Traumdeutung de Freud, del año 1900. El autor señala:

“Aun en los sueños mejor interpretados es preciso a menudo dejar un lugar en sombras, porque en la interpretación se observa que de ahí arranca una madeja de pensamientos oníricos que no se dejan desenredar, pero que tampoco han hecho otras contribuciones al contenido del sueño. Entonces, ese es el ombligo del sueño, el lugar en que él se asienta lo no conocido. Los pensamientos oníricos con que nos topamos a raíz de la interpretación tienen que permanecer sin clausura alguna y desbordar en todas las direcciones dentro de la enmarañada red de nuestro mundo de pensamientos. Y desde el lugar más espeso de ese tejido se eleva luego el deseo del sueño como el hongo de su micelio [2]”.

El término no será mencionado, aparentemente, otra vez en las obras de Freud, pero marca un punto liminal a la interpretación. Por su parte, Lacan destacaría más su rol:

“Hay en todo sueño, dice Freud, un punto absolutamente inasequible, que pertenece al dominio de lo desconocido: lo llama «ombligo del sueño». No hacemos hincapié en estas cosas de su texto probablemente porque creemos que son poesía. Pues no. Esto quiere decir que hay un punto que no es aprehensible en el fenómeno: el punto de surgimiento de la relación del sujeto con lo simbólico. Lo que denomino «ser» es esa última palabra, por cierto no accesible para nosotros en la posición científica, pero cuya dirección está indicada en los fenómenos de nuestra experiencia [3]”.

Luego, en el mismo seminario, clase 15:

“…Freud evoca el ombligo del sueño, relación abisal con lo más desconocido, marca de una experiencia privilegiada excepcional donde un real es aprehendido más allá de toda mediación, imaginaria o simbólica. En síntesis, podría decirse que tales experiencias privilegiadas, y según parece especialmente en el sueño, se caracterizan por la relación que en él se establece con un otro absoluto, quiero decir con un otro más allá de toda intersubjetividad”.

“…a partir de esta estructura donde el sujeto, en su momento de desaparición -y se los repito, es hasta una noción de la que ustedes pueden encontrar la huella cuando Freud habla del ombligo del sueño, el punto donde todas las asociaciones convergen para desaparecer, para no ser más reunibles sino a eso que llama lo no reconocido-, es de esto de lo que se trata. En relación con esto, ¿qué es lo que el sujeto ve abrirse frente a él? Ninguna otra cosa que otra hiancia que, en el límite, engendra un reenvío del deseo al infinito, hacia otro deseo [4]”.

Lacan refiere en numerosas ocasiones más el concepto freudiano del ombligo onírico, en tanto borde, como relacionado a la psicosis, como punto de apoyo subjetivo, sector imposible de reconocer, hiancia, etc. No obstante, la revisión inicial del concepto finalizará aquí.

II.- dēşărrøĮĮø

El ombligo constituye una cicatriz. Vale la pena reflexionar sobre que tipo de herida habría allí cicatrizado.

Luego de las afrentas a la dignidad del género humano generadas por Copérnico (“La Tierra no es el centro del Universo”) y Darwin (“El Ser Humano no es nada distinto del animal”) Freud reconoce sus presupuestos como un tercer agravio hacia “el amor propio de la humanidad [5]”.

Respecto al psiquismo, Freud sostiene:“…esa alma no es algo simple; más bien, es una jerarquía de instancias superiores y subordinadas, una maraña de impulsos que esfuerzan su ejecución independientemente unos de otros, de acuerdo con la multiplicidad de pulsiones y de vínculos con el mundo exterior, entre los cuales muchos son opuestos e inconciliables entre sí”.

Cuando Freud sitúa el aporte del psicoanálisis en la historia del pensamiento occidental, está destacando la idea del progreso científico y la capacidad de la razón para sumergirse en lo desconocido, pero en un mismo movimiento, esta tercera etapa en la historia del pensamiento, que tendría como eje el inconsciente, se introduce como una fisura que desmorona la confianza en la capacidad ilimitada de la racionalidad para comprender y explicar.

La visión de Freud acerca de lo psíquico genera un campo conflictivo para el propio sujeto, como condición de posibilidad de su existencia como tal. Según Lacan [6], si algo de original tiene el psicoanálisis es haber evidenciado desde el inicio “la relación problemática del sujeto consigo mismo”.

Freud indica: “…que la vida pulsional de la sexualidad en nosotros no puede domeñarse plenamente, y que los procesos anímicos son en sí inconcientes, volviéndose accesibles y sometiéndose al yo sólo a través de una percepción incompleta y sospechosa, equivale a aseverar que el yo no es el amo en su propia casa. Ambos, reunidos, representan la tercera afrenta al amor propio, que yo llamaría psicológica. No cabe asombrarse, pues, de que el yo no otorgue su favor al psicoanálisis y se obstine en rehusarle su crédito”.

El psicoanálisis es afrenta a narcisismos instalados en el discurso racional moderno acerca de la superioridad de la vida y obra humana: “El psicoanálisis sólo ha tenido prioridad en esto: no se limitó a afirmar en abstracto esas dos tesis tan penosas para el narcisismo (la significación de la sexualidad y la condición de inconciente de la vida anímica), sino que las demostró en un material que toca personalmente a cada quien y lo obliga a tomar posición frente a ese problema [7]”.

Todo sujeto esta llamado a reconocer dentro de sí un campo de fuerzas en pugna, donde las instancias dominables y movidas por una voluntad son exiguas y donde se abren múltiples posibilidades de alojar lo extraño, lo otro, lo ajeno a la conciencia y a la percepción de sí tradicional. El ombligo del sueño constituye una de las cicatrices de esa herida en el sujeto, herida que lo hace posible en tanto sujeto.

Una segunda lectura se extrae de esta herida: es la llaga instalada en el propio narcisismo del psicoanalista, quien debe reconocer en su propia mirada un punto ciego sin el cual no le es posible mirar (tanto como la existencia de un punto ciego ocular señala la existencia de un nervio óptico). No hay un experto en profundidades y misterios psíquicos, llamado psicoanalista, que evada limpiamente las resistencias, descorriendo los velos tras los cuales encuentra contenidos absolutos, colmados de sentido.

El ombligo del sueño se constituye como límite inexorable a la interpretación. Si esta contiene constitutivamente este límite, esta barricada contra el cierre del sentido, la metáfora sobre quien interpreta ya no encuentra resonancia en la figura del minero, por poner un ejemplo, quien se interna en ciertas profundidades para desentrañar contenidos, elementos ocultos y subyacentes, existentes “en si”, previos a la labor extractiva e independientes de ella.

En cambio, quien interpreta juega el rol, más bien, de un escultor; quien elabora activamente el contenido de lo interpretado y lo presenta al sujeto desde una apretura de sentidos equívocos, multívocos; y el consecuente develamiento, ya no de una profundidad en lo psíquico, sino más bien de una superficialidad transversal. El contenido de la interpretación no pre-existía a la labor constructiva. Lo interpretado es la sugerencia activa de la labor asociativa. El “si” o el “no” que entrega el analizante (o su posibilidad o no de insight), no cierra el sentido de la interpretación o de la construcción sino que es una respuesta recluida en el campo de la transferencia.

Freud en “Construcciones en el Análisis” es explícito en este aspecto y me propongo citarlo de forma amplia:

“El «Sí» directo del analizado es multívoco. Puede en efecto indicar que reconoce la construcción oída como correcta, pero también puede carecer de significado, o aun ser lo que podríamos llamar «hipócrita», pues resulta cómodo para su resistencia seguir escondiendo, mediante tal aquiescencia, la verdad no descubierta. Este «Sí» sólo posee valor cuando es seguido por corroboraciones indirectas; cuando el paciente produce, acoplados inmediatamente a su «Sí», recuerdos nuevos que complementan y amplían la construcción. Sólo en este caso reconocemos al «Sí» como la tramitación cabal del punto en cuestión”.

“Sí” y “No” desde el paciente no es sino expresión de lo acaecido en la transferencia, es ofrenda o queja, premio o castigo para el analista, expresión insignificante en el contexto amplio del análisis y su propósito. Sin embargo, la afirmativa o negativa del paciente frente a una interpretación o construcción es tomado por algunos como un “en-si” un índice de avance o retroceso automático; las elaboraciones en torno a ese “si” añorado y perseguido, se transforma rápidamente en momento de iluminación del paciente, en incremento en su nivel de conciencia, la sesión se transforma en una radiante “hora dorada” donde se mostraron avances considerables. El ombligo es un punto hermético, inescudriñable, inexplorable, inanalizable. Ese oculto constituye una oscuridad, un abismo insondable, lo desconocido absoluto, la alteridad máxima, enquistada en lo que precisamente debemos interpretar, en la vía regia, el camino pavimentado al inconciente: el sueño.

El ombligo devela la superficie, la superficialidad del aparato psíquico, no un “más allá” trascendente sino que un “del otro lado”. El ombligo se sitúa “del otro lado” de la interpretación, al reverso de la razón. Por lo tanto se liga íntimamente a la locura, a lo que el discurso racional y normativo de la modernidad ha llamado locura, como cara opuesta de su razón pero inherente, finalmente, a ella.

Adoptando la superficialidad bifronte de una moneda, la “cara” de la razón queda indefectiblemente sustentada en su reverso, en un “sello” de sinrazón y alienación indeleble y constitutivo, una marca acuñada indisolublemente del otro lado. Freud redefine la relación del sujeto hacia sus propios límites, en una labor de re-conocimiento consigo mismo desde lo extraño, ilegible e indescifrable en su “interior”, donde lo más íntimo y propio es, a la vez, lo más ajeno y extraño.

El ombligo del sueño implica un límite difuso, en permanente conformación, un permanente configurarse donde lo único estable es el gerundio del “siendo”; por lo tanto, ajeno a un establecerse. Esto imposibilita la obturación de un sentido en la interpretación, hiriendo aquel narcisismo de ciertas lecturas psicoanalíticas omnisapientes y administradoras del sentido, sin visualizar este indescifrable constitutivo. Lacan destaca esa vocación del psicoanálisis, ese terreno que le es propio y que lo distingue “por ese extraordinario poder de errancia y confusión [9]”.

El ombligo se conforma como un nodo, un punto de anudamiento subjetivo instalado en la vía regia a su visión del inconciente, marca del nacimiento de un sujeto barrado, dividido, alienado constitutivamente; sin la cual lo más visceral en el sujeto se desperdiga en el vacío. Incluso, la posibilidad de oclusión de la Metapsicología en su totalidad fue descartada por Freud mismo, pese a los lamentos de quienes no comprendían dicha renuncia.

En las notas introductorias a las Obras Completas de Freud, James Strachey se lamenta penosamente por la desaparición de los 12 ensayos metapsicológicos, de los cuales faltaron siete. Dichos ensayos hubiesen conformado un corpus teórico sólido e invaluable. En palabras de Strachey:

“La recopilación de doce artículos habría sido, entonces, muy amplia, abarcando los procesos que están en la base de la mayoría de las neurosis y psicosis principales (histeria de conversión, histeria de angustia, neurosis obsesiva, locura maníaco-depresiva y paranoia) y en los sueños; los mecanismos psíquicos de la represión, la sublimación, la introyección y la proyección, y los dos sistemas psíquicos de la conciencia y el inconciente. Difícilmente pueda exagerarse la pérdida que significa la desaparición de esos artículos. En la época en que Freud los escribió se daba una conjunción única de factores favorables [10]”.

Strachey debió contentarse con “las alusiones dispersas y relativamente magras” que Freud abordó en posteriores escritos.

Según Strachey, en el texto recién citado, sostiene que “varios pasajes de la correspondencia de Freud atestiguan la existencia de dichos artículos. Por ejemplo, en una carta a J. J. Putnam del 8 de julio de 1915, escribe: «Estoy aprovechando la interrupción en mi tarea [causada por la Primera Guerra Mundial] para terminar un libro que contendrá una serie de doce ensayos psicológicos». Asimismo, en una carta a Lou Andreas-Salomé del 30 de julio de 1915 dice: «El fruto de esta época probablemente cobrará la forma de un libro de 12 ensayos, comenzando por el que versa sobre las pulsiones y los destinos de pulsión. [ . . . ] El libro está concluido, salvo la necesaria revisión para acomodar y adecuar entre sí los diferentes ensayos»”.

Los míticos 12 ensayos, verdadero “tesoro teórico”, tenían supuestamente el fin de abarcar a todas las neurosis en su origen, además del sueño, en un despliegue sistemático y esquemático, causando el mítico texto gran expectación.

Freud desecha la mayoría de dichos ensayos, ocasionando una apertura a la disidencia, a la ruptura y a la discusión. La decisión claramente no fue inspirada por la debilidad, la desmotivación o el ocio, como tampoco implicó una pérdida accidental. El autor depositó en el espíritu mismo de su producción teórica una ética, la ética psicoanalítica que da cuenta de un enfoque de elaboración teórica, interpretativa, clínica e interventiva que resalta lo fragmentario, lo inconcluso, lo esporádico como crucial e imprescindible.

A pesar del tono típico de su época, la obra en esa situación refleja una ética desvinculada de la intención de establecer dogmas y de cerrar una doctrina en sí misma, como muestra de respeto y prudencia frente a la subjetividad, una muestra de genuina rigurosidad y criterio.

El mismo Freud responde en una carta del 18 de marzo de 1919 dirigida a Lou Andreas-Salomé, quién preguntaba insistentemente sobre su Metapsicología:

“¿Dónde está mi Metapsicología? En primer lugar, no ha sido escrita aún. No me es posible elaborar el material de manera sistemática; la índole fragmentaria de mis observaciones y el carácter esporádico de mis ideas no lo permitirían. Sin embargo, si vivo diez años más, puedo seguir trabajando durante todo ese tiempo, no me muero de hambre, no soy asesinado, no quedo demasiado sumergido por la desdicha de mi familia o de quienes me rodean -y es pedir que se den muchas condiciones-, entonces prometo hacer ulteriores contribuciones a ella“.

Freud no cerrará, eventualmente esta Metapsicología, sólo continuará “contribuyendo a ella” y sólo eso. La teoría psicoanalitica no admite clausura, oclusión, cierre, acabamiento, completamiento ni obturación de sus sentidos, tanto de los que interpreta como de los que desea para sí misma, porque dicho cierre no lo haya en ningún lugar. La obra de Freud es fragmentaria y contradictoria, jamás ligada a una apodíctica ni una axiomática. Es su misma vocación ética la que quiebra la posibilidad de un cuerpo doctrinario cerrado.

El caso del “Esquema del Psicoanálisis” puede continuar la misma lectura. El esfuerzo último de Freud por cerrar, por darle broche de oro a su labor teórica, planteando “un esquema” o “un compendio [11]”, un postrero esfuerzo sistematizador del autor antes de morir, quedó inconcluso. La muerte, esta vez, impidió que Freud mismo cerrara el sentido de su obra. No creo que la intención del compendio fuera ésta, sin embargo resulta significativo que su última obra permaneciera inacabada. Strachey afirma:

“Cabe considerar que el esquema quedo inconcluso…constituye un enigma saber hasta dónde y en que dirección habría proseguido Freud…la obra nos transmite una sensación de libertad, que es quizás lo que cabría esperar de un maestro como él al presentar por última vez las ideas de las que fue creador [12]”.

La “sensación de libertad” en la obra de Freud y todo su sentido emancipador son posibles gracias, en gran medida, a su apertura e inacabamiento.

El no cerrar los sentidos opera como la mejor prevención de la dominación y el control instrumental en lo social. “Otros psicoanálisis” no sensibles a estas señales no han tardado en ponerse al servicio del control y la normalización. Reconocer elementos teóricos que poseen pretensiones de atascar el sentido y conformar una substancia, se aleja de esta lectura justa del psicoanálisis. “…el análisis no es religión…no implica ningún reconocimiento de substancia en la que pretende operar [13]”.

Está claro que “Lo Originario” en psicoanálisis es herramienta teórica, no el intento de fundar nuevas mitológicas esencialistas.

El ombligo del sueño está en un jenseits, no entendido como un “más allá” trascendente donde ubicar un sentido último, sino que jenseits en tanto “del otro lado [14]”, como el reverso del discurso de la conciencia y de la razón; éste último, eventualmente puesto al servicio de la dominación, dependiendo de quien lo utilice.

Así como del otro lado del principio del placer anida la repetición, del otro lado del sentido del sueño se sitúa su ombligo, del otro lado de este ensayo está el error que le puedan adjudicar a este tipo de lecturas quienes crean en Lo Verdadero que se desentraña en la labor psicoanalítica.

Según Lacan [15], al paciente el sentido “no debe serle revelado, debe ser asumido por él. Por eso el psicoanálisis es una técnica que respeta a la persona humana…que no sólo la respeta sino que no puede funcionar sino respetándola”.

El carácter subversivo del psicoanálisis, su vocación no domable y su actitud emancipadora es posible en la dimensión ética descrita. Su resistencia a la posibilidad de cristalizarse en dogma lo mantiene con relativa inmunidad frente posibles rendimientos de la dominación y control del otro. La sospecha permanente dirigida hacia lo que aprecia y hacia lo que genera, le otorga al psicoanálisis potencia crítica y respeto por la subjetividad, en un mismo movimiento. Quienes no consideren esta ética, arriesgan fosilizar su postura en una psicotécnica, una psicosíntesis, una base de estándares y normas que terminan siempre jugando a favor de quien tenga más capacidad de administrar dichos criterios, de quien tenga más control y poder. Presumo que esa no es la vocación del psicoanálisis ni de psicología alguna.

Cada cual tendrá que hacerse cargo del lugar que sostiene dentro del campo de fuerzas argumentativas en pugna donde se aloja nuestra lectura del psicoanálisis o la de otros pensamientos y prácticas: conservador, dominador, legítimamente emancipatorio, normalizador, etc. En este emplazamiento argumentativo, en el obligado e insoslayable ejercicio de un situarse, no se puede argüir neutralidad alguna, como tampoco desconocimiento.

No hay posición ingenua en este contexto, ni en los planteamientos ni en sus efectos.

Las buenas intenciones siempre abundan. Las buenas consecuencias siempre escasean.

_______________________________

III.- bîbĮîøģráfîā

Freud, S. 1900. La interpretación de los sueños. Extraído de Obras Completas (Standard Edition), Versión electrónica “Infobase”.

Freud, S. 1917 [1916]. Una dificultad del psicoanálisis. Extraído de Obras Completas (Standard Edition), Versión electrónica “Infobase”.

Freud, S. 1937. Construcciones en el análisis. Extraído de Obras Completas (Standard Edition), Versión electrónica “Infobase”.

Freud, S. 1938. Esquema del psicoanálisis. Extraído de Obras Completas (Standard Edition), Versión electrónica “Infobase”.

Lacan, J. 1954. Seminario 1 “Los escritos técnicos de Freud”. Extraído de Seminarios de Jacques Lacan, Versión electrónica “Infobase”.

Lacan, J. 1954. Seminario 2 “El yo en la teoría de Freud”. Extraído de Seminarios de Jacques Lacan, Versión electrónica “Infobase”.

Lacan, J. 1959. Seminario 6 “El deseo y su interpretación”. Extraído de Seminarios de Jacques Lacan, Versión electrónica “Infobase”.

Lacan, J. 1964. Seminario 11 “Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanáisis”. Extraído de Seminarios de Jacques Lacan, Versión electrónica “Infobase”.

Strachey, J. Notas introductorias a las obras completas de Sigmund Freud. Extraído de Obras Completas (Standard Edition), Versión electrónica “Infobase”.

______________________________

Citas

[1] Imagen inicial: Thomas Briggs. “50.000 attemtps at a circle”. Tinta sobre papel. 2005. Briggs plantea 50 mil intentos de conformar un círculo, donde, lejos de obtener la limpieza de la forma buscada, genera una maraña oscura e indefinida.

[2] Freud, S. 1900. “La Interpretación de los Sueños”.

[3] Lacan, J. 1954. “Seminario 2”, clase 9.

[4] Lacan, J. 1959. “Seminario 6”, clase 24.

[5] (Y siguientes) Freud, S. 1917. “Una Dificultad del Psicoanálisis”.

[6] Lacan, J. 1954. Seminario 1, clase 3.

[7] Freud, S. 1917. “Una Dificultad del Psicoanálisis”.

[8] Freud, S. 1937. “Construcciones en el Análisis”.

[9] Lacan, J. 1964. Seminario 11, clase 20.

[10] Strachey, J. Notas introductorias a las Obras Completas de Sigmund Freud.

[11] Como lo tradujo López Ballesteros.

[12] Strachey, J. Nota Introductoria a “Esquema del Psicoanálisis”, de 1938.

[13] Lacan, J. 1964. Seminario 11, clase 20.

[14] La palabra alemana admite ambas acepciones.

[15] Lacan, J. 1954. Seminario 1, clase 3.

:::


Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s