Bonsai de cerezo. Origen imaginario del Kyu-Do

Un breve cuento oriental.

Con él participé en el 6° Concurso Literario Yasunari Kawabata, organizado por el Instituto Cultural Chileno-Japonés, siendo reconocido con una “distinción especial”.

Bonsai de cerezo. Origen imaginario del Kyu-Do

En el año 1658, durante el shogunato Tokugawa, un vagabundo erraba por los bosques de Japón. El hombre sobrevivía en base a las raíces recolectadas y los animales atravesados por sus flechas. Pese a su pobreza, su ascendencia era respetada, ya que provenía de una familia de samuráis expertos en el combate con arco y flecha. Algunas décadas atrás, el uso de armas de fuego y la posterior paz conseguida en el país, mermó la prosperidad de la familia Morikawa. Kozan, su representante más hábil en el uso del arco, comenzó a vagar por opción personal, buscando algo que ni él mismo podía precisar, mientras que el prestigio social de sus habilidades iba decreciendo. El kyu-jitsu como disciplina y control efectivo de las flechas mediante un arco, perdía jerarquía. La precariedad comenzó a asentarse en el rostro de Kosan hasta extremos paupérrimos y el hambre comenzó ejercer su presión persistente.

Una noche, Kozan, en un pueblo a medio despoblar, se protegió de la lluvia y el viento en una casa abandonada, de grandes proporciones. Parecía ser un amplio y antiguo domicilio descuidado. Sin embargo, servía como refugio para pasar la noche hasta que el monzón saciara su furia.

Los ojos del pálido hombre se acostumbraron a la oscuridad interior y detectó en el espacio inicialmente desierto, un mueble en un rincón del salón. Se acercó, en la búsqueda de algún objeto de valor o, con suerte, algún alimento. Al aproximarse, el derrotado arquero no encontró los cajones que esperaba ver en el mueble. Se trataba de una humilde mesa arrimada contra una manchada pared. Sobre la mesa encontró una planta en una maceta. Al afinar la vista en la oscuridad, descubrió que no era una maceta sino un bonsái de cerezo, árbol que presentaba aún algunas hojas colgando tímidamente de sus ramas. Al remover con el pulgar la fina película de polvo que cubría una de las hojas, el árbol se sacudió violentamente y emitió una bruma extraña desde su interior. El hombre, sorprendido y agotado, calló de rodillas mirando el fenómeno sin comprender. Desde el árbol se escuchó una voz profunda que llenó completamente el salón: – “Gracias…ahora puedes hacerme una pregunta”. Lentamente, el hombre se aproximó al bonsái, que parecía cubierto por una movediza y espesa neblina marrón.

– “¿Quién eres?”, preguntó Kozan convencido de que la voz del cerezo y la bruma eran producto de su fatiga. – “Pregunta algo más importante…veo que tu vida cuelga de un hilo, hombre famélico”, respondió con seguridad el bonsái. Con furia contra su alucinación, Kozan replicó: – “¡Entonces, dime dónde conseguir comida!”. Sin esperanzas de obtener respuesta alguna y seguro de haber perdido la cordura, el hombre desplomó sus puños en el quejumbroso piso. Sus nudillos parecían un clan de pequeños cráneos que, en fila, le anunciaban su cercano destino. Sin embargo, el pequeño árbol respondió pleno de certeza: – “Si quieres comida, sigue al hombre gordo”.

En ese momento un carruaje tirado por cuatro caballos se aproximaba raudo a la casa, siguiendo un sendero que apenas se detectaba. Al alejarse nuevamente, internándose en el oscuro bosque, un crujido enorme hizo a Kozan correr dificultosamente para enterarse de lo ocurrido. En efecto, una rueda del carro se había quebrado al chocar con una piedra. El hambriento colaboró decisivamente en la reparación del carro, ante lo cual un pesado y voluminoso hombre, dueño de éste y de otras riquezas, lo invitó a trabajar en su residencia en la mantención de los carruajes y cuidado de los caballos. Techo y comida estaban asegurados para el desdichado.

Meses después, el repuesto hombre hizo caso a su espíritu inquieto. Consciente de que su insatisfacción vital subsistía, retornó a la casa donde habitaba el extraño bonsái, dispuesto a hacer una pregunta más. El árbol se encontraba en el mismo lugar, intacto. Frotó una hoja y antes de esperar respuesta, le habló a la bruma: – “Por favor, dime dónde conseguir riqueza”. El árbol replicó: – “Sigue al hombre rico”.

La historia anterior se repitió. Kozan no tardó en conocer a un hombre lleno de riquezas a quien aconsejó en un negocio, consiguiendo una buena paga y, en base a ella, recursos cada vez más crecientes. Como su inteligencia no lo engañaba, al poco tiempo se percató de que nuevos personajes interesados en él, buscaban proximidad sólo en consideración de su súbita fortuna material.

Desalentado con su nueva realidad, Kozan donó sus ganancias, regresó a la vagancia y a cursar nuevas penurias. Sin proponérselo, una tarde de primavera se topó con la desierta casa del árbol parlante. Ingresó, como siempre, confiando en las señales del destino, pero ésta vez no preguntó nada. Reflexionó: – “Si para saciar mi hambre debí seguir al hombre gordo, para obtener riquezas debí seguir al hombre rico, supongo que si le pregunto al árbol dónde obtener sabiduría, me responderá que debo seguir al hombre sabio”. A la mañana siguiente rapó su cabeza, subió la alta colina, golpeó la pesada puerta del templo y dedicó un año entero a la meditación zen.

La semilla de un nuevo conocimiento acrecentó la duda en Kozan. No del todo convencido de haber conseguido sabiduría siguiendo a hombres sabios, dejó respetuosamente el templo y regresó a la casa del bonsái. – “Bonsái, necesito saber…despierta”.

El árbol se estremeció y previo a cualquier pregunta, dijo solemnemente: “Fui un antiguo monje zen. En mi vida anterior cometí una grave e innombrable falta, por lo que me reencarné en un cerezo. En lugar de crecer en la pradera, mi mal karma me sometió a las torturas que me tienen de este tamaño y en esta bandeja. Cuando consiga guiar a alguien, moriré como árbol y reencarnaré como ser humano. Por favor, déjame orientarte…haz una pregunta verdadera”.

Kozan, conmovido, preguntó finalmente: -“¿Qué debo hacer para conseguir sabiduría?”. El bonsái contestó sin tardanza: – “Para eso, no debes seguir el camino del hombre gordo, ni el del hombre rico, ni menos el camino del hombre sabio…para conseguir la verdadera sabiduría, debes, por primera vez, seguir tu propio camino”. En ese instante, la bruma en torno al bonsái se expandió, saliendo por las ventanas y por los agujeros del techo. El diminuto árbol murió de inmediato, secándose completamente y dejando caer sus hojas y sus flores.

En el año 1660, Morikawa Kozan dejó atrás el kiu-jitsu, la disciplina del uso efectivo del arco y la flecha y creó el kyu-do, el camino del arco, fundando -en la misma casa abandonada- la primera escuela de la nueva disciplina. La escuela Yamato-Ryu obtuvo gran renombre en todo Japón gracias al desarrollo de un arte orientado a la transformación espiritual y moral, donde el balance y la paz interna se manifiesta en la cuerda que libera su tensión y en la flecha que golpea el blanco.

Hoy en día, más de quinientas mil personas en el mundo practican el noble arte japonés del Kyu-do.

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4 pensamientos en “Bonsai de cerezo. Origen imaginario del Kyu-Do

  1. …..Mágicamente todo surge en el momento preciso, … cuando la inquietud por el conocimiento se hace impaciente, y dudas de tus capacidades viene la respuesta.
    Maravilloso cuento!!!! … muy motivadora tu página.
    Saludos,
    Monserrat

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